Escapada a la Costa Dorada (Tarragona). Sal de la arena

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En verano tienen una temperatura mínima de 21 grados y una máxima de 29, disfrutan de 17 horas de sol al día y llueve, de media, cinco días al mes. El otoño tampoco está nada mal. No es raro que los pueblos que forman la Costa Dorada sean un destino vacacional desde hace años. Pero si uno es habitual de la zona, o si no es capaz de estar tirado en la toalla a todas horas, encontrará muchas cosas que hacer. Porque a muy pocos kilómetros están las montañas, abundan los campos y la historia no ha pasado en vano por este litoral (los más conocidos Cambrills y Salou, El Vendrell, Altafulla, Calafell, La Pineda, y, hacia el interior, Montblanc, Montroig del Camp…).

Su patrimonio incluye figuras de renombre como el violonchelista Pau Casals, al que en El Vendrell hay consagrado un museo y al que dedican cada año un festival de música. Se celebra en julio y agosto, este año se cumple la edición número 31 y acuden a él, entre otros, la Orquesta de Cámara de Múnich, la Académia 1750 y hasta el pianista Joaquín Achúcarro.

Sabores de la tierra

En la misma localidad existe una bodega que ofrece una degustación muy diferente a las que estamos acostumbrados. En Augustus Forum (Carretera de San Vicenç) te contarán los secretos de hacer un buen vino, pero también de un vinagre de primera (gran reserva) que se exporta con éxito a Japón y Australia. La cata de vinagres es toda una experiencia, aderezada con anécdotas sobre el consumo mundial del que está considerado un hermano menor del aceite y del vino. La visita guiada y explicativa (5 €), con degustación de vinos y vinagres gourmet, dura una hora y media y no hace falta reservar.

Para seguir probando los sabores de la tierra, basta acercarse al hotel La Boella, en La Canonja, una finca en la que elaboran vino y aceite (entre otros productos típicos de la zona) y abren las puertas a los interesados. Su aceite Virgen Extra Premium, cien por cien arbequina, fue considerado en 2009 el mejor de España por el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino.

En Calafell, no muy lejos de allí, la visita obligada es la ciudadela íbera, donde tras veinte años de excavaciones los arqueólogos han reproducido el aspecto que sus murallas, calles y casas debían de tener entre los siglos VI y I antes de Cristo. Y en Altafulla la cita es primero con los romanos, gracias a la Villa de Els Munts, y después con el medievo, por el núcleo urbano de callejas empedradas y estrechas; sin olvidarse del barrio de pescadores. Hacen visitas guiadas a uno y otro sitio e incluso combinadas.

Para sentir que se ha viajado atrás en el tiempo, y no solo 500 kilómetros hacia el este desde el País Vasco, otra opción es darse una vuelta por el pueblo amurallado de Montblanc. Parece un escenario de película y es posible imaginar que la leyenda de Sant Jordi, de verdad, ocurrió aquí. Vamos, que en este pueblo el guerrero mató al dragón. Cada primavera recuerdan la historia celebrando una semana medieval en la que todos los vecinos se visten de damas y caballeros convierten la calle en mercado, taberna y teatro fieles a la historia. Esa que está desperdigada por toda la Costa Dorada. Solo hay que salir de la playa para comprobarlo.

TARRACO, FIEL A ROMA
Una de las ‘siete maravillas de Cataluña’ es el conjunto arqueológico romano de la ciudad de Tarragona. Es Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2000 y no es para menos. El anfiteatro, junto al mar, es el lugar en el que se celebra cada primavera el Festival Tárraco Viva, una cita cultural en la que se puede aprender mucho sobre la vida, el arte y la lucha en los tiempos del Imperio. De esa época quedan restos del acueducto de Les Ferrers o Pont del Diable, el Foro Local o de la Colonia, el Foro Provincial y las murallas, el circo (del que se conserva también una larguísima galería subterránea), así como el arco de Berà, a 20 kilómetros al norte de la ciudad. Pero Tarragona también es playa: 15 kilómetros de esa arena que ha dado nombre a la Costa Dorada.

RECOMENDACIONES GPS

Tres municipios (Salou, Cambrills y Calafell) cuentan con el certificado de Turismo Familiar que otorga Turismo de Cataluña. Esto quiere decir que son destinos perfectos para ir con los niños porque hay un sinfín de actividades que hacer con ellos y porque hoteles y restaurantes tienen lo que puede ser necesario para atenderlos. Una opción para dormir es el Gran Palas La Pineda (Gran Palas Hotel ***** l Conventions & Spa Wellness l La Pineda), al lado del mar y con spa. Tiene buenas ofertas todo el año. En Altafulla se inauguró el año pasado un restaurante singular, el Nou Bruixes de Burriac, un salón minimalista en la parte baja de un edificio del siglo XVIII (calle del Cup977 651 557)). Por 25 euros se puede saborear un menú de tres platos que aúna innovación y cocina tradicional. En Cambrills, en El Pósito (Mossén Joan Batalla 3, 977 361 741), los platos más sencillos y de siempre: ensaladas, pescados y mariscos, arroces y fideuás. Y de postre, un flan de café descafeinado y sin azúcar, para no pasarse.

L’HOSPITALET DE L’INFANT I LA VALL DE LLORS, MAR MONTAÑA Y DEPORTE
El 29 de junio el municipio de l’Hospitalet de l’Infant, al sur de la Costa Dorada, celebra una de sus fiestas grandes (la otra, la mayor, tiene lugar el día 16 de agosto). Así que no es una mala idea acercarse por allí para ver lo que se cuece. Y es que este pueblo puede sorprender a más de uno: es una localidad playera, por supuesto, pero cuenta con otro gran atractivo, la montaña, a escasos kilómetros del agua. Esa combinación de paisajes y ecosistemas hace posible alternar las jornadas de baños de mar con las rutas a pie, a caballo o en bicicleta por el monte, descubriendo historias muy variadas y muy alejadas del tópico de sol y sal.

Cerca de las playas paradisíacas de la Almadraba (aguas cálidas lejos del bullicio del centro), del Arenal (los aventureros y deportistas se encontrarán en su salsa, porque aquí se concentran los principales puertos deportivos y se puede contratar de todo), del Torn (naturista y rodeada de naturaleza, con restaurantes y hoteles de diseño), y Punta del Riu (un balneario semi urbano), está el Vall de Llors, la otra cara de la moneda. Se trata de una zona rural de interior donde los senderos señalizados llevan a los caminantes, ciclistas y jinetes a descubrir otro paisaje. Es el de la sierra, el de las estribaciones de las montañas de Tivissa-Vandellòs, últimos picos de la Serralada Prelitoral Catalana, con alturas de hasta 727 metros.
Las opciones de deporte extremo tanto de tierra como de agua también existen, pero si lo que se busca es un deporte más relajado, siempre puede quedarse en el campo de golf (dicen que uno de los mejores de Pitch & Putt de toda Cataluña).

Para callejear

Y si prefiere hacer turismo de guía, se puede callejear por L’Hospitalet y los otros pueblos del entorno. En el que nos ocupa, el turista encontrará un pueblo con muralla, la que envolvía al antiguo hospital gótico fundado en el siglo XV que da nombre a la localidad; y paseará por estrechas callejuelas empedradas, parando en miradores y plazas de postal. Su historia se remonta a la los íberos, y por allí han pasado y quedado los romanos, los visigodos y los musulmanes.
Lo bueno es que en L’Hospitalet el hecho de que el mar y la montaña se fundan tiene su reflejo también en la mesa. La zona se dedicaba antes a la producción de cereales y frutos secos, así que el pan y los postres de calidad están asegurados. Entre medias, carnes de caza aromatizadas con especias y aceite de oliva y pescados frescos.
 
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