El hedonismo de Epicuro

Jinks

V.I.P.


Los individuos y las colectividades, cuando pasan por una fase de madurez otoñal, de refinamiento decadente, acostumbran replegar sus energías creadoras y se retraen en el goce amoroso de lo más inmediato. Abdican de sus proyectos más ambiciosos y se complacen en la delectación de los bienes humildes, naturales, que en una época de más empuje habrían sido sacrificados a mayores riesgos y aventuras.

La versión helenística de esta actitud fue el epicureísmo, doctrina según la cual el hombre ha de buscar los placeres tranquilos, serenos, que ofrece la vida sencilla, la amistad y la contemplación de la belleza.

La función del saber es más bien negativa. La filosofía renunciará a proponer nuevas interpretaciones de la realidad, de carácter desinteresado y teorético. Su misión es otra: desmontar las supersticiones angustiosas, desvanecer los temores agobiantes del dolor y de la muerte, tranquilizar al hombre y conseguir que se contente con la brevedad de su vida y la fugacidad de sus leves momentos de bienestar. La mayor parte de los males humanos se deben a las imágenes que engendra el miedo o el afán y que pueblan los ecos de la existencia: los fantasmas de los sueños, las amenazas de una justicia ultraterrena, la inexorabilidad del destino, el desengaño y el desánimo por los objetivos no logrados. Si la filosofía consigue ver la inanidad de todos estos espectros ilusorios, el hombre liberado por ella será feliz.

Los epicúreos denominan Canónica la parte de la filosofía que da reglas (cánones) para determinar el valor de los conocimientos. Las cosas mandan a los efluvios que reproducen exactamente su aspecto exterior y por esto se llaman eidola; imágenes o simulacros. No hay otro medio de conocer que la sensación y ésta es siempre verdadera. Si algunas veces erramos es porque corregimos o interpretamos las sensaciones y pretendemos completar lo que nos es ofrecido. Ya se comprende que aplicando con rigor este criterio sensualista, toda realidad conocida ha de ser por fuerza material y natural, si no, ¿cómo podría impresionar a los sentidos?

Solo existen, pues, los cuerpos y el espacio que los contiene. Aquellos están compuestos de una multiplicidad de pequeñas partículas que, por ser indivisibles, se llaman átomos. Todas las cosas están constituidas por un número muy grande, pero finito, de átomos.

El origen del mundo actual, distribuido en múltiples cuerpos, visibles y tangibles, se explica de la siguiente forma: en el comienzo había un vacío inmenso, infinito. En él caen verticalmente los átomos, como una densa lluvia primigenia. Los átomos presentan formas diversas: los hay esféricos, ganchudos, filamentosos, irregulares, etc. Todos caen a igual velocidad, pero algunos de ellos "por azar" se desvían de su verticalidad y en su nueva dirección oblícua chocan con los que descienden rectos a su lado. Así se producen pequeñas aglomeraciones que van aumentando de tamaño y llegan a constituir cuerpos tan grandes como la Tierra y las cosas que ésta soporta.

Hay que observar que la desviación (clinamen) origen de todo se debe a la casualidad. No hay que temer, pues, a un destino ni a un dios providente que de antemano hubiera dispuesto la existencia y el curso de los acontecimientos. No existe una fatalidad que predetermine lo que va a ocurrir y haga inútiles nuestros esfuerzos. El hombre puede confiar en lo inesperado y en la eficacia de sus actos. Lucrecio en su poema De rerum natura expuso el sentido humano de esta hipótesis cosmogónica.

La moral constituye la culminación del epicureísmo. Si solo existe lo material, si lo que llamamos alma es una corriente de átomos sutiles, ígneos, que dan vida al cuerpo, si no hay una vida ultraterrena, es perfectamente coherente sostener que el máximo bien y el supremo criterio de lo bueno sea el placer (hedonismo). Efectivamente, por naturaleza, el placer es atractivo y el dolor es repulsivo. Observemos la conducta animal, no deformada por las convenciones, y veremos cómo se cumple este aserto.

Pero el placer ha de ser humano y esto quiere decir primeramente que ha de ser apreciado más por su pureza, por no estar contaminado de dolor, que por su intensidad. No es que haya placeres espirituales, pero sí hay placeres que tranquilizan, que equilibran. Tales son los naturales y necesarios, que se obtienen al satisfacer con sobriedad una necesidad orgánica, hambre o sed. Igualmente, la contemplación de la belleza y, sobre todo, el disfrute de una auténtica y fiel amistad. El sabio, según Epicuro, ha de buscar en el placer la ataraxia o impertubabilidad. En ningún caso debe esclavizarse a él, sino incorporar el estado placentero a su sereno e imperturbable dominio de sí mismo. Si así lo hace, el goce será una forma superior de lucidez y de conocimiento.

Francisco Goma Musté, catedrático de la Universidad de Barcelona.
 

Isis

Miembro Experto
Abogo por la teoría del placer del cuerpo y alma......así tendría que ser....
 

usuaria2010

Miembro Experto
Yo lo que entiendo es que masturbarse no es malo a pesar de lo que te digan, que somos humanos :icon_woohoo:

 

Jinks

V.I.P.
Epicúreas, que sois unas epicúreas... ésto os gusta más que el estoicismo, ¿ein?... :icon_evil::icon_evil::icon_evil:
 

Yushiro

V.I.P.
Abogo por la teoría del placer del cuerpo y alma......así tendría que ser....
Totalmente de acuerdo pero yo le quitaría el alma, que ya ibamos a ser muchos :icon_woot:
Yo lo que entiendo es que masturbarse no es malo a pesar de lo que te digan, que somos humanos :icon_woohoo:

También totalmente de acuerdo....y mejor que te masturben a que te masturbes :icon_heh:
 
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